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8.12.06

El Clan de la Cicatriz I



Estas mujeres me conmueven profundamente. Casi la penúltima vez que se reencontraron, salieron, cada una escoltada por el mamarracho de turno, que en aquella época era el amante, el novio, el cuasi-marido, o dicho sea de otra forma, aquel que llenaba sus horas, sus cuerpos, sus vidas, que ellas creían vacíos.
Entonces vieron un espectáculo de flamenco, emocionadas, sentían sus cuerpos vibrar bajo la ropa, el duende se colaba, se entrometía bajo las carnes femeninas... De los hombres, quizás alguno pestañeó esa noche. Todas fueron invitadas al tablao por los bailarines, pero ninguna osó moverse de su sitio, quizás ante la pena ajena, pero también ante la propia, porque ese cuerpo escurridizo ya no les pertenecía, era de un otro que ejercía su mirada inquisidora sobre -para él- un trozo de carne apetecible, y nada más.
Pasaron meses que parecieron años y cada una de ellas, a su propio tiempo fue descubriendo cómo se marchitaba en una relación que ya nada le ofrecía. Al final, de difentes formas, angustias y sabores palparon el final.
Cada una pensó que se había quedado sola, inmensamente sola. Hasta que un día sin ponerse de acuerdo entre ellas, sin verse, sin decirse me ha pasado esto o aquello, empezaron a bailar. Volvieron a sentir ese cuerpo en su inmensa estrechez u hondura, al tacto se hicieron queridas las ahora cicatrices, huellas que alguna vez surcó el amor.
Estas marcas no son visibles, pero tampoco están ocultas. Cada una de estas mujeres las lleva bajo la piel del cuerpo recuperado, del cuerpo que ahora goza para sí misma y no para ningún otro. Cada salida al escenario, donde cada una baila el ritmo más amado, se convierte en una suma de placer y dolor. Las cicatrices reaparecen con cada movimiento, sus cuerpos parecen tatuados como los de guerreros Tutsi, así desafían no sólo el aire, sino también la vida, las marcas mismas que el poder dejó en sus cuerpos, para bailar, seguir bailando juntas, tatuadas, liberadas, para bailar siempre, como el Clan de la Cicatriz.

6 Lenguas inquietas:

libros a dit…

me gustaria curar mis cicatrices por medio de la danza, luego me contas laurita
Vea que sino empiezo a cocinar....

El Papa Oso a dit…

Sabes, es cierto y sabes qué más nosotros, los "idos" también lavamos nuestra carne de cicatrices y no sólo la carne... igual, no digo que todos, pero algunos somos muy mujeres...vale creemos serlo.
Besos.

Literófilo a dit…

Mi cicatrices las curo frente a mi computadora, aunque suene o parezca lugar común la literatura me mantiene a flote. En cuanto a lo que decís en tu pérfil, mirá si crees que el periodismo deformo tu ilusión literaria mirá al Gabo, o a kapuscinski éste último caso es grandioso dado que es un periodista que escribe como escritor jejeje. En fin esperemos seguir en contacto, me gustó tu blog señora escritora.

Lau Fu a dit…

Creo que es sabio curar las cicatrices como cada persona pueda, lo más importante es no ignorarlas.

Anonyme a dit…

Todos y todas tenemos cicatrices, unos más que otros. A veces nos las curamos o mientras las tratamos de curar llenamos de cicatrices a otros. Es la ley de la vida... Yo cicatrizo, tu cicatrizas, él cicatriza, todos cicatrizamos pero yo te cicatrizo, vos me cicatrizas, él la cicatriza, ella lo cicatriza, todos cicatrizamos... ¡Que levante la mano quien no es parte del clan!
Feliz cumple, un beso y un abrazo

Cicatrizada oriental a dit…

Definitivamente la danza me llena de placer y ha sido en gran parte mi cura, es mi motor...Ahora que lo miro desde afuera me doy cuenta de la inmensa cantidad de posibilidades de las que me estaba perdiendo conforme me secaba por dentro. De ahora en adelante me tendrian que donar un riñon!!!!
Gracias por ser parte de mi proceso de sanacion. Un abrazo