
Entonces me acordaba de París, como podría acordarme del árbol de aguacate que nació de forma imprevista en el viejo patio de cemento. Como uno de esos sueños maravillosos que crecen y desaparecen en la penumbra de la vigilia. Con un cariño extraño hacia lo lejano y un afecto renovado a lo cercano. Volví luego a mi barrio parisino y sus callecitas me dieron la bienvenida, reflejando en cada charquillo de nieve derretida la imagen de una vieja torre de hierro, que solamente en su nocturnidad despliega toda su magia.
Sabiendo como vos, que nunca lées esta bitácora abandonada, que vivo en un exilio interior. Que hace muchas lunas pertenezco a esa estirpe condenada a cien años de soledad. Repitiéndome una vez más que mi casa siempre ha estado donde me lleve el corazón.